Las calles estaban atestadas en aquellas horas. Los apestados y los troggs corrían de un lado a otro desprendiendo su respectivo olor a enfermedad y deterioro. A su alrededor todo era un desorden exagerado, las calles antaño impolutas de brillante metal ahora se dejaban corroer por el óxido y era prácticamente imposible avanzar por los callejones de la vieja ciudad de Gnomeregan. Las patrullas de gnomos se habían intensificado con el paso de las semanas cuando los ataques de gnomos y enanos en un intento de reconquistar la ciudad se había vuelto mas osados y potentes. Hacía menos de una semana el ascensor principal había volado casi por completo por los aires por una bomba fallida que había reventado uno de los depósitos radiactivos que usaban los troggs para seguir desprendiendo al exterior gran cantidad de radio actividad. Eso poco le importaba a Signotrón que avanzaba por las calles con agilidad esquivando cuerpos de enfermos, troggs y máquinas fuera de control que corrían por las calles a su antojo. Todo este desorden solo conseguía facilitar su plan, un plan de huida, un plan con el que conseguiría escapar de esa maldita ciudad apestada y salir al exterior.
Tras caminar durante unos minutos llegó a una pequeña casa, no era más que una pequeña cueva toda rodeada de duro metal excavada en la montaña, dentro no cabía más que algunos experimentos fallidos y una pequeña piel de oso, regalo de un enano hacía ya muchos años, ultimo recuerdo de su familia. Signotrón se crió prácticamente sin padres nacido en las calles ya llenas de la radiación que había condenado a su pueblo fue acogido a los 6 años por un gnomo que le alimento y le enseño lo poco de ingeniería que podía recordar. Su maestro desapareció pocos años después, quizás muerto por la peste radiactiva o asesinado en aquellas calles. Tras esto con tan solo 12 años tuvo que criarse en una sociedad donde solo el mas fuerte podría sobrevivir, donde unos troggs mataban y saqueaban a su antojo lo poco que quedaba. Cuando cumplía los 20 años una edad muy temprana en la escala de los gnomos los Hierro Negro enanos renegados, asesinos y saqueadores llegaron a la ciudad uno de ellos se fijó en él. Su túnica roja como la sangre lucía en su pequeña casa y sus ojos se abrieron de par en par, la curiosidad volvió a su mente largo tiempo dormida y se lanzo sobre el enano con miles de preguntas.
-Ya veo, parece ser que lo que quiera que soltasteis dentro de vuestra ciudad no os afecto a todos de la misma forma. Vendré mañana amiguete quizás tenga cosas que enseñarte si quieres aprenderlas y tienes el valor. Pero dime. ¿Cuál es tu nombre?.
-Signotrón.
Esa noche no pudo dormir y trabajó duramente en aquel proyecto abandonado, aquel que su maestro había comenzado pero nunca acabado. Una forma de ocultar y de retardar la radio actividad que afectaba su cuerpo. A la mañana siguiente su cuerpo no era más que un amasijo de carne y metal. Se había implantado múltiples trozos de metal en un intento de ocultar las marcas causadas por la peste. Al llegar enano no puedo más que sonreír y pensar que aquel gnomo llegaría hacer un buen negocio.
-Amigo hay una forma con la que podrás recuperar tu cuerpo tal y como era antes y ocultar la enfermedad que pudre tu cuerpo. Una forma menos dolorosa y que evitará que vayas por hay pareciendo uno de vuestros múltiples inventos fracasados.
-¿Cuál es esa forma señor enano?. No hay más solución a esta enfermedad que la tecnología. Ella fue quien creo esta enfermedad y ella será quien lo arregle.
-Saciaré tu curiosidad, la Oscuridad te ayudara a recuperar aquello que anhelas y con ello podrás salir de aquí tal y como deseas. Escucha mis palabras y aprende el poder de controlar a los demonios, de controlar el mayor poder que el mundo puede imaginar. Tu tienes el potencial para dirigir tu destino fuera de esta asquerosa ciudad, te enseñare todo lo que se.
Durante años estuvo estudiando, aprendiendo todo lo que le podía enseñar ese extraño enano tan simpático con él. Se dio cuenta de que la Oscuridad era un poder demasiado peligroso y enorme pero la curiosidad le podía y sabía de que era la única solución para poder llevar acabo su plan y escapar de allí. Tras varios años cuando cumplió la treintena adivinó el verdadero motivo por el que enano le brindaba su ayuda. Planeaba que cuando su cuerpo volviera a la normalidad podría caminar entre sus semejantes, entre enanos, humanos, elfos... Su cuerpo estaría bien superficialmente pero cada vez que estornudara, que tocara a uno de los suyos, propagaría la peste que guardaba en su interior y infectaría a tanta que gente que podría llegar a exterminar las mayores ciudades de la Alianza. Signotrón busco una solución a este problema que se le planteaba, no quería dejar la oportunidad pasar pero tampoco quería propagar una peste entre los suyos. Así que tras múltiples estudios encontró la forma de encerrar mecánicamente la peste en su interior para siempre. Tal y como dijo la tecnología creó la enfermedad y ella la arreglara. Una noche llego a la cúspide de sus estudios, unió su sangre con la de un demonio y su cuerpo recobró su aspecto de antaño. Esa noche el enano le acompañó a la salida secreta de la ciudad gnoma y le despidió pensando que su plan había surtido efecto y que el ingenuo gnomo propagaría la enfermedad por el resto de los Reinos del Este, pero cual fue su sorpresa cuando el gnomo dándose la vuelta le mostró su pecho en el cual estaba clavado a fuego un trozo de metal justo sobre su corazón, un metal que mostraba lo que había conseguido tras años de investigación. El enano tras darse cuenta se lanzo sobre Signotrón.
-Maldito apestado, maldigo tu familia y maldigo tu raza, lo sabías todo desde el principio.- Envuelto en furia se lanzo sobre el gnomo cuando algo le agarró por la espalda y lo alzo en el aire.
-Olvidas muchas de las cosas que me enseñaste, un brujo nunca debe entrar en un combate cuerpo a cuerpo, para ello están sus esbirros.- Retirándose salió por el conducto al exterior mientras oía los gritos del enano Hierro Negro que caía al vacío empujado por aquella fuerza sobrenatural.
Signotrón cayó de rodillas cuando vio al inmensa capa de nieve que cubría la distancia ante sus ojos. Todo era de un blanco impoluto y supo que al fin era libre, libre para terminar lo que su maestro empezó, un sueño compartido y que el llevaría acabo costase lo que costase. Buscaría una cura para la radio actividad aunque tenga que vender su alma al más oscuro de los demonios y sumirse en una oscuridad profunda de la que quizás no tendría escapatoria ninguna. Pero la curiosidad podía con él. Cosas de Gnomos.

